Donovan y La Torre Hueca. Novela. Capítulo 5

¡Hola ilustradores! Esta semana os traigo el quinto capítulo de la novela Donovan y La Torre Hueca. Desfiladero de interrogantes.

Todos nos hacemos preguntas y recordamos conversaciones con nuestros seres queridos que nos marcaron. Una misteriosa voz hará que Donovan se plantee si está haciendo lo correcto. Conversará con alguien que le conoce más que a sí mismo y que pone sobre la mesa los más íntimos secretos de Donovan.

¿Quién es este extraños personaje? y… ¿Qué pretende?.

Recordad que podéis leer los capítulos unodostres cuatro.

desfiladero de interrogantes ilustrado

5

Desfiladero de Interrogantes.

La luna llena seguía sobre mi cabeza, pero ya no se veía tan grande como en la  Isla de Cáncer. Me había alejado de la isla hasta llegar a las montañas que vi a lo lejos desde la arena. Estaba cansado y un poco mareado, supuse que la barca de conversaciones no era tan estable como me gustaría.

Llevaba largo rato navegando por un desfiladero de selenita, un cristal trasparente, pero que por la compactación de la roca, parecía blanco. La reflexión de la luz, hacía que pareciese la propia luna. Un pequeño trozo estaba desprendido de la roca y pude alcanzando estirando el brazo, era del tamaño de una mazorca. La visión de aquella piedra luminosa era sobrecogedora y bellísima, pero, cada vez me sentía peor. Comencé a tener frio y mi temperatura aumentó hasta provocarme un poco de fiebre. Me tapé lo mejor que pude con mi bufanda y me acurruqué en la barca mágica, como un crío recién metido en la cama una noche de invierno.

Mientras miraba el trozo de selenita que me agencié, me preguntaba cómo era posible que el cristal de selenita no se disolviera en el agua, ya que este mineral, formado por la cristalización del yeso, era soluble, pero las leyes de la química no tenían mucho sentido en este mundo. La guardé en mi bandolera e intenté dormir un poco.

–¿Qué estás haciendo?

Oí una voz y abrí los ojos todo lo que pude, alzando la cabeza y buscando la procedencia del sonido. No oí nada, no le di importancia y volví a posar la cabeza para seguir durmiendo, o intentarlo.

–¿En serio vas a ir a buscarla?

Esta vez me levanté un poco, la voz era clara y venía de muy cerca. Como no sabía quién podría ser, estuve en silencio, tratando de oír algo más. Además intentaba pasar desapercibido, la fiebre me tenía agotado. Como no se escuchaba nada, aparte del agua agitada al paso de mi navío, me volví a recostar.

–¿Qué es lo que pretendes con todo esto, Donovan?

Vale, ahora sí estoy asustado. Me senté con la espalda recta y mirando a los lados desesperadamente, buscando al dueño de la voz, miré hacia arriba y con más miedo aún, hacia abajo, por un momento pensé que podría estar bajo la barca. No encontré a nadie. Mi corazón latía deprisa y el sudor se unió al que ya me provocó la fiebre, dejándome empapado.

Imaginad la situación: estaba sentado en una barca… de luz… en medio del mar, no sabía nadar y alguien me hablaba al oído sin que yo pudiese verle. Si hubiese sido en tierra firme, tal vez habría sido distinto, podría defenderme o correr ante algún peligro, pero allí tirado a la deriva, ¿Por dónde iba a escapar?

–¿Quién eres?– Pregunté, con voz firme, intentando disimular mi pánico.

–Ya sabes quién soy. – Dijo con un tono maliciosamente seguro.

–¡No, no lo sé! ¿Por qué no sales a la luz, donde pueda verte? –Grité poniéndome en pie.

–Estoy cómodo en la oscuridad, siempre me gustó.

<<Estupendo, encima está majara>> Pensé para mí.

–¿Por qué la buscas?, deberías darte media vuelta, aquí no te necesitan. –Se refería a la dueña del alma.

–¿Y qué tiene de malo buscarla? ¿Por qué…?

–¡Sobras! – Me cortó con su odiosa voz.

Mi temor se fue disipando, sintiendo solo intranquilidad, ya que la ira que sentía superaba al miedo.

–¡Eso lo decidirá ella!– Repliqué enfurecido.

–Por supuesto que decidirá ella, estúpido hombrecillo. ¿La quieres?

–Claro que la quiero.

–¿Has venido a conquistarla? ¿Quieres enamorarla, Donovan? ¡Mientes! ¡Tú no la amas!, Tu corazón pertenece a otra mujer, ¡Aléjate de la dueña del alma! –Su voz se volvió más agresiva, se notaba que no me quería por allí.

–No me marcharé, no tengo que estar enamorado de ella para quererla, es mi amiga y vengo a ayudarle.

–¿”Tu amiga”? ¡Por favor! ¿Acaso crees que porque te sonría es “tu amiga”? ¿Crees que eres el único al que le ha brindado su hermosa sonrisa? ¡Las regala!… Y encima vas de “salvador”, ¿Por qué crees que te necesita? Ella no necesita tu ayuda. No te la ha pedido.

Era cierto, ella no me pidió ayuda. Entré en su alma para buscar la torre que la aprisiona, para liberarla, pero ni siquiera sabía si ella quería ser liberada.

Me senté relajándome un poco, más bien mis piernas se debilitaban. Las dudas comenzaron a brotar con más fuerza. La voz siguió discutiendo.

–¿Y si te enamoras, Donovan? – Le odiaba cuando pronunciaba mi nombre.

–¿Qué tiene de malo enamorarme de ella? Y sobre todo ¿Por qué iba a hacerlo?

En el cielo, las nubes iban tapando la luna poco a poco, apagando también el resplandor del desfiladero de selenita.

–¡Te destrozará! Ella no te corresponderá, te pisará con fuerza y te tirará a la basura, ¡Sufrirás! no eres nada para ella, no eres nadie.

–No puedo elegir enamorarme, pero puedo elegir si permito que me hagan daño o no. No me da miedo ninguna de las dos cosas.

–”…Pero puedo elegir si permito que me hagan daño o no”. –Repitió con voz de bufón, burlándose de mí.

–Vete a pasear por el alma de Nadia, ¿Acaso no es a ella a quién amas? –¿Cómo sabía de Nadia?, ¿Quién era este ser que se empeñaba en machacarme?

–¡Ella tampoco te quiere, soñador estúpido! ¡Cualquier otro hombre, antes que tú!

Tiraba a matar. Sus humillaciones empezaban a hacer mella en mi espíritu. Me sentía decaído y fui acurrucándome de nuevo, haciéndome más pequeño con cada palabra que me tiraba a la cara.

La humedad se volvía más persistente y con ella el frio.

–Además, ¿Crees que eres el único que ha ido a buscar a Zoe? Te paseas por estos parajes, por sus mares y montañas, creyendo que te espera solo a ti. No eres el único, pierdes el tiempo ¡Márchate!

Un atisbo de luz relampagueó por mi mente. Comencé a comprender…

–A ti no te molesta que me enamore de ella, ¡Tú tienes miedo de que ella se enamore de mí!– Susurré con ira, pero sin apenas fuerza por la fiebre que me hacía tiritar de frio.

–¡Cállate! –Acerté.

–¿Qué harías tú con ella? ¡Nada!, ¡Tú no estás enamorado de ella ni lo estarás! ¡Tu amistad no será suficiente! ¡Le harás daño, como todos los demás antes que tú!

Encolerizó de rabia, pero su voz comenzaba a quebrarse.

–Sabes que nadie entra aquí sin su consentimiento.­ –Dije con la voz apagada, pero provocativa.

–Tal vez sí quería que fuese hasta ella, la barca en la que navego está hecha de conversaciones sinceras de complicidad, conversaciones que vienen del corazón, mostrándome sus sentimientos, para descubrir más de ella, para conocerla mejor. Esta barca me la ha dado la dueña de la torre.

–¡No debes estar aquí! –Gritó desesperado. Estaba consiguiendo lo que quería, desmoralizarle.

Me metí la mano por dentro de la bufanda, y tocando un objeto que él no podía ver, le dije:

–Ella me dio la llave que me abrió este mundo.

 –Te estás equivocando, ¡Luego no vengas llorando!… Márchate mientras puedas… –Su voz se terminó de romper, volviéndose apesadumbrada.

Mis nervios y malestar iban desapareciendo conforme hablábamos más bajo y despacio. Sentí como el sueño volvía a acunarme.

–Estaré bien, confío en ella… –Volvía a templarme, a pesar del frio del ambiente. La fiebre desaparecía y justo antes de cerrar los ojos, mientras el desfiladero de selenita quedaba atrás, la voz susurró un último consejo:

–No os hagáis daño. –Rodeado por la bruma, me dormí.

Unas pequeñas gotas golpearon mi mejilla, estaban frías y cada gota era más pesada que la anterior, sintiéndolas golpear con más fuerza contra mi capucha y luego contra todo mi cuerpo. Abrí los ojos y desperté en la orilla de un terreno húmedo y oscuro. Era de día, a pesar de la pesada tormenta que se avecinaba, aún había algunas nubes poco densas que dejaban ver una suave luz en lo más alto del cielo.

Saqué mi paraguas plegable de la bandolera y me protegí con él de la lluvia. A pesar del tamaño de mi paraguas burdeos, una vez que lo desplegaba, era de un tamaño considerable, y evitaba eficazmente que me mojara.

No había rastros de la barca luminosa.

Anduve un par de kilómetros, la lluvia se hacía más pesada, caía a más velocidad, desplazada por el viento que se fue levantando.

Pronto estuve metido en un vendaval, con el agua por las rodillas y empujando mi paraguas contra el viento. Mi bufanda ondeaba con violencia y me sujeté la capucha para evitar que el viento me la quitara. Oí un ruido parecido al de una cremallera, pero no era un sonido metálico, era la tela de mi paraguas que comenzó a rajarse por la fuerza del viento. Las varillas empezaban a resentirse, pero aún me protegía del temporal.

Pasé los siguientes días caminando bajo una pesada catarata de lluvias, refugiándome donde podía, para descansar.

De mi pequeño paraguas solo quedaban los alambres, que más que cobijarme, corrían el riesgo de atraer los rayos como una antena en lo alto de un edificio. Y por allí abundaban los rayos.

Mi ropa mojada pesaba el triple y comenzaba a resentirse del desgaste, pero aún me servían de abrigo y resguardo contra las ráfagas de aire helado.

Cuando la tormenta amainó, avancé por un suelo de roca plana y oscura. La niebla era menos densa y me permitía ver algunas siluetas a lo lejos.

–“¡Miiik!”

El ruido chillón me pilló desprevenido, y me aparté dando un pequeño salto, miré al suelo y vi un patito de goma amarillo. Lo pisé con suavidad. –“¡Miiik!” –Volvió a sonar.

Seguí caminando mientras miraba distraídamente el patito que dejaba atrás.

Guardé lo que quedaba de mi maltratado paraguas y alcé la vista. A lo lejos pude ver una silueta oscura y confusa. Era un cartel de madera, hecho con un palo y una tabla rectangular clavada a este con un par de clavos grandes y oxidados. El cartel rezaba: Las Lagunas de la Memoria.


¿Qué extrañas tierras son estas en las que Donovan acaba de desembarcar? Contadme que os ha parecido este capítulo ¡me encantará leer vuestras opiniones!

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El ilustrador de sueños.

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