Donovan y La Torre Hueca. Novela. Capítulo 4

¡Hey, hey, hey! Hola ilustradores. Esta semana os traigo el cuarto capítulo de la novela Donovan y La Torre Hueca. ¡Descubre la Isla de Cáncer!

La magia, la poesía y la mitología se entrelazan en esta pequeña isla ubicada en los mares del alma. Donovan descubrirá nuevos secretos sobre Zoe, los cuales armonizan su pasado y su presente.

Recordad que podéis leer los capítulos unodos y tres.

ilustración la isla de cáncer

4

La Isla de Cáncer.

Exploré superficialmente la isla para tener un pequeño mapa mental del terreno, las rocas que vi a lo lejos eran una amalgama de composiciones esculpidas por el mar y el tiempo. Formaban una media luna casi cerrada y aunque en un principio podía recordar a un monumento megalítico del neolítico, las sobrecargadas formas me llevaban más a antiguas ruinas grecorromanas. Donde además se generaban pequeñas grutas. Por supuesto las rocas no eran ni arenisca prehistórica ni mármol de la antigua Grecia. Un cuarzo castaño, a causa del maltrato del tiempo, escondía trazas de un cuarzo blanco más puro.

Al caer la tarde me apoyé en unas rocas con la curiosa forma de un sillón amplio. Al verme allí sentado me sentía como un niño pequeño en el sillón de su abuelo. Un cangrejo que no vi al sentarme, huyó del duro sillón, tenía un color rojo intenso y se perdió bajo la arena enterrándose a sí mismo. No pude evitar pensar en los pisotones que le habría propinado Astasebo…

Inspeccioné mi bandolera con la intención de entretenerme, lo único que se me ocurrió fue escribir un poco en mi libreta, pero no me apetecía, preferí actualizar un poco mi diario. Cuando escribí los recientes acontecimientos en él, metí todo en la bandolera. La cerré acariciando la tela negra de la que estaba hecha, el tacto era agradable a pesar de ser una tela robusta y resistente. Me encantaba mi bandolera, era rectangular, de tamaño algo mayor que un block grande, además era muy útil y cómoda.

El sol rojizo que se ocultaba en el horizonte daba paso a una luna nueva que permitía ver las estrellas en todo su esplendor, nebulosas saturadas de verdes y azules se mezclaban con colores cálidos y brillantes, rojizos, anaranjados y dorados adornaban también el espacio gaseoso. Era abrumador, como si tuviese asiento de primera fila en una estación espacial, sentía la luz del espacio sideral chispear en mi rostro, tan cerca y tan lejos a la vez.

Justo encima de mi cabeza, en el centro de la media luna formada por las escultóricas rocas y grutas, se veía la constelación de Cáncer. Era magnífica. Si no la habéis visto nunca, su forma es parecida a una “Y” invertida. Se componía de cinco estrellas principales, empezando desde la más al norte, Lota, bajando por las hermanas Asellus Borealis y Asellus Australis, abriéndose en las pinzas del cangrejo,  Acubens al oeste y Altarf, la más brillante, al este y más al sur. Siempre me he preguntado cómo decidían las formas que tenían las figuras que representaban las constelaciones, a mí jamás se me habría ocurrido representarlo con un cangrejo… Aun así era una visión preciosa. El mito que da nombre a la constelación de Cáncer cuenta, que en una de las doce pruebas de Heracles, este tuvo que matar a la Hidra de Lerna, mientras Heracles luchaba contra la bestia, cortándole las cabezas que volvían a salir, más fuertes, Hera mandó a Carcinos, un cangrejo gigante, a atacar a Heracles, y tras morderle, este lo mata con un pisotón. Como recompensa a Carcinos por su valentía, Hera lo eleva hasta el firmamento convirtiéndole en la  constelación de Cáncer.

Me acomodé en mi rocoso sillón contemplando las estrellas hasta quedarme dormido.

El Sol y el calor de la mañana me dieron los buenos días. Decidí echar un vistazo de nuevo la isla. Necesitaba averiguar cómo salir de allí.

Me adentré en las grutas subterráneas de la isla. Quería explorarla a fondo. Bajé por un terraplén hasta llegar al subsuelo, la gruta se dividía en tres túneles y decidí empezar a examinarlos. Comencé por el túnel de la izquierda. Saqué mi linterna, esta vez me sirvió a las mil maravillas. Las paredes tenían pinturas rupestres. Parecían caballos, algunos de cuerpo entero y otros en los que solo se trató de dibujar la cabeza, el cuello y la crin. Las paredes estaban secas y frescas, no se filtraba agua y eso hacía que las pinturas se conservaran. Llegué al final del túnel y no había salida.

Di la vuelta y entré por el segundo túnel, esta vez las paredes tenían grabados extraños en las paredes y el techo. No sabía si eran extraños símbolos, como un lenguaje o simplemente dibujos triviales sin ningún significado. Los examiné detenidamente y tres de los símbolos se repetían por toda la pared, en el mismo orden. Había alrededor de veintisiete símbolos distintos. Empecé a creer que podían significar. Miré al suelo y vi bajo mis pies más símbolos, pero esta vez tenían un orden concreto, se habían escrito de golpe. Relacioné cada símbolo con una letra del abecedario español. Coincidía. Superpuse los tres símbolos que se repetían y según el orden de los símbolos que habían en el suelo, extrapolados con las letras del abecedario se podía leer que la primera letra era una zeta. Al relacionar los otros dos símbolos, se podía leer: ZOE.

Era un abecedario inventado, como haría un niño en el colegio para comunicarse con sus amigos en clase. Creando un código secreto que solo unos pocos pudiesen entender.

Me pareció una idea divertida y decidí averiguar más palabras de las que habían escritas por las paredes y el techo. Algunas formaban frases y estrofas, eran pequeñas rimas y poesías. Una de ellas decía:

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.”

Era un poema de Pablo Neruda, el poeta favorito de Zoe.

Volví sobre mis pasos, porque esta gruta tampoco llevaba a ningún sitio. Entré en el tercer túnel. Estaba infestado de cangrejos. La colonia de cangrejos rojos no hizo mucho caso a mi presencia y todos parecían entretenidos en sus tareas, como hormigas obreras que no ven más allá de sus labores. Escarbaban en la roca abriendo pequeños túneles que luego unirían para convertirlos en grutas tan amplias como esta. No sabía si los cangrejos hacían estas cosas normalmente, o solo era algo que ocurría dentro de esta alma.

Salí de las grutas y volví a rodear la isla con la esperanza de encontrar alguna pista que me sacara de allí y afiancé mi temor, no había salida.

Me acerqué a la orilla opuesta a la que aterricé sobre Astasebo, paseando por la arena fina y rubia, los granos eran tan diminutos que el tacto era de seda en polvo. Entrecerrando los ojos, con la intención de enfocar mejor a lo lejos, vi unas montañas que se elevaban en el horizonte, pero no sabía cómo llegar hasta allí, y como ya comenté antes, nadar no era una opción.

Casi instintivamente grité al viento, –¿Cómo salgo de aquí? –como si tuviese la esperanza de que este le llevara el mensaje a la reina de esta alma. No hubo respuesta.

Pasaron algunos días. Sobra decir que ya me conocía la isla como la palma de mi mano. Esa noche brillaba una luna redonda y enorme en el cielo, quitando protagonismo a todas las estrellas. –Seguro que estoy en el punto de la tierra más cercano a la luna. –Dije en voz alta sin percatarme de que nadie me oiría.

Sabía que la luna llena era una de las cosas que más maravillaban a la dama del alma, se notaba su influencia en todas las cosas que sucedían allí, su horóscopo, sus cristales favoritos repartidos por todo aquél universo, el olor a mar en el ocaso del verano…

Todavía disfrutaba de aquella visión cuando oí un pequeño murmullo a lo lejos, el sonido fue en aumento. Miré con curiosidad para averiguar que podía ser. ¡Me levanté de un salto! ¡Cientos de cangrejos se dirigían hacia mí! Di unos pasos hacia atrás y conforme se acercaban a la luna se iban iluminando. Y no hablo de que la luz del satélite se reflejase en la coraza de los cangrejos, ¡Estaban brillando con luz propia! Sus rojas armaduras se tornaron amarillas fosforescentes. Parecía magia. Empezaron a rodearme, formando un círculo que se iba abriendo en formas geométricas perfectas, creando un enorme Mandala a mí alrededor.

La visión era grandiosa. Sonreí mostrando todos mis dientes, con los ojos como platos, no podía contener la emoción. El Mandala siguió creciendo y desplazándose, obligándome a moverme con él. Me dejé guiar y llegamos a la orilla de la playa. Los cangrejos fueron entrando poco a poco en el agua, sin perder su forma geométrica espiritual, resplandeciendo bajo el agua. Comencé a ponerme un poco nervioso, pues no sabía dónde me llevaría eso, y me preocupaba adentrarme en el mar. Pero el sosiego fue apoderándose de mí, y me dejé llevar fluyendo en sintonía con el universo,  sintiendo una paz reconfortante que me envolvía.

Pisando las primeras olas del mar, miré hacia abajo y vi como caminaba sobre unos extraños símbolos que surgían del agua. No me mojaba ni me hundía. Los símbolos siguieron surgiendo del mar, tomando forma hasta crear una pequeña barca trasparente, rodeada de símbolos fosforescentes, como si los cangrejos se fuesen trasformando en aquellos símbolos, que poco a poco, iban descifrándose, primero como letras sueltas, luego como palabras, para finalmente poder leerse frases luminosas.

Me senté en la barca de conversaciones, como me gustó llamar a aquel navío espiritual, que me llevaba mar adentro.

Eché la vista atrás y la isla se iba perdiendo en el horizonte, pero la luna seguía sobre mi cabeza.

Me gustó pensar, sin saber si así era, que Zoe me mandó aquella barca, que me escuchó gritar. Me pregunté si la barca me protegería de aquél inmenso mar, me pregunté si soportaría mi peso, si se volcaría, o si se inundaría hundiéndola en el agua. Comencé a leer el texto que la rodeaba y se desplazaba sobre sí mismo, como un cartel luminoso en la publicidad de algún edificio de la gran ciudad. Reconocí aquellos textos, eran conversaciones que hubo entre Zoe y yo tiempo atrás, las recordaba prácticamente todas. Aquello me tranquilizó. La barca de conversaciones me rescató de un mar de dudas.


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El ilustrador de sueños.

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