Donovan y La Torre Hueca. Novela. Capítulo 7

¡Hola ilustradores! Esta semana os traigo el septimo capítulo de la novela Donovan y La Torre Hueca. El secreto de Misa.

Donovan continúa su viaje, esta vez en compañía. Gracias a su compañero de viaje descubrirá detalles importantes para comprender mejor el alma de Zoe. No comento nada más, para no hacer spoiler. Espero que os guste.

¿Quién es este personaje que acompaña a Donovan?

Recordad que podéis leer los otros capítulos aquí.


7

El secreto de Misa.

  Cada vez me sentía más cerca de la torre, de su corazón oculto y de mi destino. En el camino fui encontrando pistas que me llevarían hacia la dueña del alma.

La barca de conversaciones me abrió poco a poco el camino, para descubrir más del hada de la torre. Me mecía al ritmo de las conversaciones que venían del corazón, de las que aprendí a tirar el rencor a la basura, a no atacar sin necesidad, a apoyarme sin dejar caer todo mi peso en quienes me apoyan.

El terreno de piedra negra se volvía más duro y rocoso. Comenzaban a surgir riscos lejanos conforme la niebla se disipaba.

Aquello parecía un planeta lejano, donde Misa y yo éramos dos astronautas que exploraban un mundo deshabitado. Los seres y las siluetas difusas fueron desapareciendo del camino. Las lagunas también disminuían en tamaño y cantidad, los objetos que flotaban en ellas ya no me resultaban tan familiares como los de las primeras lagunas con las que me fui encontrando, supongo que en parte fue porque les dejé de prestar atención.

Mi ropa estaba totalmente seca y me pregunté si la libreta que llevaba en la bandolera, seguía intacta, o si la pequeña linterna seguiría funcionando después del torrencial que tuvieron que soportar, deseé que la bandolera fuese lo suficientemente impermeable para proteger su interior.

Caminábamos en silencio. La escena debía de ser cuanto menos curioso, un tipo delgado de un metro setenta, caminando junto a un dragón de cuatro metros.

De vez en cuando miraba a Misa, alzando mi cara como un niño curioso, con esperanza de que me prestara atención y surgiese alguna conversación.

Las alas plegadas de Misa resultaban imponentes. Imaginé el tamaño que tendrían al abrirlas. Andaba con las cuatro patas, que, junto a las alas, resultaba ser un dragón de seis extremidades. Eran patas anchas y robustas. La cola, como la de un cocodrilo gigante, arrastraba por el suelo, serpenteando. Su cabeza era como la de un tiranosaurio rex, pero de barbilla más ancha y cuadrada. Tenía tres hileras de placas, como las de un estegosaurio, en forma de aleta de tiburón por toda la parte superior del cuerpo, desde el cuello hasta la larga cola, la hilera central era más ancha, dura y escamosa.

Olía a azufre, así que me pregunté si podría echar fuego por la boca, tenía que ser espectacular ver algo así, pero no estaba muy seguro de los riesgos que podría correr, así que me olvidé inmediatamente de proponerle que me lo mostrara.

Desde mi posición podía ver como se movían los músculos de su torso al caminar. Miré hacia los lados, preocupado, sabiendo que si algo se torcía, no podría escapar de tal amenaza. Había cierta tensión y eso hacía más latente mi extraña corazonada, de que algo fallaba… y esta vez no podría disuadir a la bestia con una chocolatina.

Mirándolo bien, Misa no era el típico dragón sabio de las leyendas fantásticas ambientadas en el medievo, tan solo sabía cosas porque llevaba en este mundo más tiempo que yo. A pesar de ello, me estaba explicando cosas a las que yo no tenía respuestas y que me resultaban interesante. Todo ello me ayudaba a conocer más al corazón de la torre, a la dueña de este gigantesco mundo, que tanto me inspiraba.

En el horizonte comenzaron a vislumbrarse algunos rayos de sol muy tenues. Algún hilo de bronce se escapaba entre las nubes. Aún no eran suficientes para percibir el calor, pero me dibujó una pequeña sonrisa en la cara. Las rocas del camino comenzaban a tomar otro color, más cálido y luminoso.

–Hay tres tipos de seres que recorren el alma, chico.

Dijo Misa por fin, rompiendo el silencio con su voz profunda y atronadora.

–Están los que entran desde los sentimientos y recuerdos del corazón de la torre, como los seres con los que te has cruzado en tu viaje. Los que entran por ellos mismos con invitación del corazón la torre, como tú, chico. Y los que entran por la fuerza.

Me empezaba a hacer gracia la coletilla que utilizaba cada vez que hablaba, remarcando aún más su acento.

–A ti te dio una llave para que pudieses entrar, chico. Te invitó.

Instintivamente, me llevé la mano al pecho, por debajo de la bufanda, para tocar la llave, que, efectivamente me abrió las puertas de este mundo.

–Por eso tú posees tu forma humana, porque entraste por ti mismo, con la llave que te dio. Eres algo así como un elegido, o un afortunado, chico.

–¿Hay más como yo dentro del alma? –Pregunté.

–Sí, chico.

–Los que tenéis aspecto de seres extraños y mitológicos, ¿Sois solo producto de sus pensamientos?

–Es algo más complicado, chico, digamos que somos las personas que ella guarda en su corazón, pero que no nos abrió las puertas a su mundo.

Dijo Misa, haciendo una pausa para que yo fuese asimilando lo que me estaba contando.

Me acordé de la hoguera que encontré en la cueva de Astasebo, pensando quienes podrían ser los otros que recorrían el alma con apariencia humana. Pero desvié mi atención al tono con el que hablaba Misa, era más profundo y sombrío. Me preguntaba si él quería ser invitado a entrar en el alma y lo que es peor, me preocupaba que de ser así y no haber sido hospedado por la dueña del alma, sintiera celos de mí, lo que explicaría esta extraña sensación que tanto me perturbaba desde que conocí a Misa.

–Pronto llegaré a las puertas de la torre, lo presiento. – Cambié de tema tratando de animar la situación.

–Me temo que no será tan fácil, chico, aunque sí, la distancia se ha acortado bastante desde que llegaste al alma.

<< ¿Qué quiere decir con que no será tan fácil?>>. Me pregunté.

–¿Me enseñas tu llave, chico?

No me esperaba esa pregunta y palidecí por un momento, sin saber cómo reaccionar. Miré al dragón con seriedad, no sabía que responder.

–¿La llave?

Pregunté tragando saliva, con la esperanza de ganar un poco de tiempo mientras salía del shock.

Misa sonrió mientras me miraba.

–No te asustes, chico, no voy a robártela, tan solo quiero verla, es pura curiosidad. –Dijo con tono amable.

Me levanté la bufanda y alcé un péndulo que colgaba de una cadenita, que llevaba al cuello. Era un péndulo que terminaba en un pequeño cristal de cuarzo facetado.

Misa se acercó para observarlo con detalle y apreté los dedos con los que sujetaba el péndulo, por miedo a que intentara cogerlo. Algo me hacía desconfiar de él.

–Es muy bonito, chico. ¿Quieres ver mi llave?

Abrí mucho los ojos arqueando las cejas por la sorpresa de esa proposición. << ¿Misa tenía una llave?>>.

–Claro, si quieres. – Respondí aún sorprendido.

La dentadura de misa era espeluznante, tenía todos los dientes en forma de colmillos, muy anchos y largos. Si cogiese uno con la mano, parecería que llevase un puñal. Algunos dientes le sobresalían de la boca cuando la tenía cerrada, como a los cocodrilos que tanto me recordaban algunas partes de su cuerpo. Misa se sacó el colmillo superior derecho, se lo arrancó de cuajo. Lo bajó para que yo pudiese verlo y sacó de dentro un pequeño frasco de cristal, de unos tres centímetros. Me tendió el pequeño frasco babeado para que lo cogiese.

–No gracias, desde aquí ya lo veo bien. –Aseguré algo escrupuloso.

–Que remilgado eres, chico.

Dijo Misa y limpió el frasco para que pudiese verlo bien.

–Sí, soy un tío raro ¿Verdad? –Dije, con toda la ironía de la que fui capaz.

Dentro había un polvo dorado, de hecho, era oro en polvo, como el que se usa en terapias homeopáticas. Las garras de misa eran lo suficientemente grandes como para aplastarme de un pisotón. Estaban muy afiladas y la textura era rugosa. El frasco en sus gigantescas garras era aún más diminuto.

<< Que curioso>>. Me dije.

–Es un objeto realmente singular.

Le comenté a Misa, levantando solo la vista. El nauseabundo olor de su aliento y de sus babas me obligó a aguantar la respiración todo lo que pude.

–Sí, es mi pequeño amuleto de amor, chico.

<< La amaba, pero ¿Por qué sentía celos de mí si yo no sentía lo mismo que él? Y además, él también tenía una llave. ¿Por qué no entró? >>

Volvió a meter el frasco en el colmillo y se lo recolocó en la boca. Agradecí no tener que seguir respirando aquello. Tenía la lengua larga y puntiaguda, era rojiza y estaba cubierta por una membrana trasparente y brillante, supuse que le serviría para proteger su lengua cuando escupiese fuego. Caminamos un rato mientras meditaba cómo hacerle la siguiente pregunta obvia, pero como no encontré ninguna buena manera, tan solo pregunté sin maldad.

–Si tú también tienes una llave ¿Por qué no eres humano?

–Porque no quise entrar, chico. No quiero ser como esos estúpidos que vienen a rescatar a su damisela, entregarle una flor y vivir felices para siempre… o como ese estúpido motorista malnacido.

¡Ahora lo entendía todo! Misa no estaba enamorado del corazón de la torre, tan solo la quería, pero no la veía como su amor eterno.

Éramos más parecidos de lo que pensaba. Yo tampoco buscaba ese amor del que él hablaba, quería algo distinto.

Por un momento recordé aquella voz que me hablaba en el desfiladero de interrogantes.

Pero yo tampoco buscaba lo mismo que Misa, él buscaba una relación más… carnal, por así decirlo.

Había algo más. Sus celos. Seguía notando que me tenía celos y que sobretodo tenía celos de ese motorista al que acababa de mencionar. De todos modos, al hablar de los otros viajeros, me di cuenta de que no importa quién fuera el caminante, ninguno era suficientemente bueno para ella, desde los ojos de Misa, y mucho menos el misterioso motorista. Pero yo tal vez conseguiría ver el alma de la torre, y él no. Eso le afectaba…


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El ilustrador de sueños.

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