Donovan y La Torre Hueca. Novela. Capítulo 1

¡Hola ilustradores!

Hoy no os voy a hablar de ilustración, ni subiré ningún dibujo o vídeo. Hoy os quiero hablar de una novela que llevo un tiempo escribiendo (aunque no le dedico el tiempo que debería), basada en una idea que tuve hace unos cuantos años. La novela se titula Donovan y La Torre Hueca.

En este post quisiera dejaros el borrador del primer capítulo, titulado Donovan, para que podáis echarle un vistazo y me contéis que os parece.


1

Donovan.

 

Volvió a salir la luna llena y pude seguir el camino con más facilidad, no como en otras noches oscuras en las que caminaba con cuidado, por miedo a pisar una roca quebrada, y despeñarme por la montaña. Y en eso estaba, en subir la montaña por el lado más complicado de escalar, o eso me pareció a mí.

Me llamo Donovan y soy explorador de almas.

Me sumerjo en el alma de las personas en busca de sus miedos, angustias o deseos más profundos de amor y esperanza. Para reparar sus corazones y sanar sus almas.

Hace algún tiempo conocí a una chica introvertida con un mundo interior maravilloso. Pero lo ocultaba a los demás porque en el pasado le hicieron daño. Para proteger a su corazón, decidió ocultarlo dentro de una armadura forjada por el miedo y la tristeza.

Cada persona tiene un mundo por explorar en su interior, y en este momento estoy recorriendo el mundo más inhóspito y hermoso que he pisado jamás. El de mi mejor amiga, Zoe.

Ya ha pasado más de un año desde que entré en este laberíntico mundo que ella guarda en su interior.

El camino no fue precisamente un paseo por las nubes, aunque tampoco fue solitario, encontré en él pistas que me llevarían hacia el epicentro del alma. Al mismísimo corazón. Retazos de un lugar aún más profundo, tormentoso, sincero y abrumador que al mismo tiempo irradiaba paz y tranquilidad; pero que aún sentía lejano. Cada día era distinto al anterior. Había momentos en los que me desesperaba o me desanimaba, pero descubrí sus caricias, dulces y suaves caricias compasivas, capaces de calmar al lobo más feroz que surge de mis entrañas, consolando mis tristezas pasajeras.

Sentía el calor de su corazón, notaba que siempre podría contar con su apoyo incondicional y aquello me animaba a continuar.

Mi bufanda, de la que sobresalía una capucha, me protegía de las pequeñas piedras de las rocas que se desmoronaban sobre mi cabeza; mi bandolera colgaba por debajo de mi cintura, balanceándose mientras escalaba. Me encontraba bajo un techado y necesitaba llegar a la parte superior del saliente. Era una maniobra delicada, me aseguré de no sujetarme a bordes quebradizos. Tras encaramarme con la pierna derecha y el brazo del mismo lado, pude impulsarme, dar unos pasos para alejarme del borde del acantilado y tumbarme en el suelo, exhausto y con una sonrisa triunfante.

Cuando recuperé el aliento me levanté sacudiéndome el polvo de la ropa, reemprendiendo la marcha de nuevo. Ascendí por un sendero que dividía la montaña en dos, para después desplazarse a un lado hasta llegar al camino en forma de espiral que rodeaba la montaña. Me alegré de no tener que seguir escalando, tenía las manos algo magulladas y era agradable poder meterlas en los bolsillos o sujetarme la capucha para que no me la quitara el viento, que cada vez era más intenso, conforme encumbraba la imponente montaña que se alzaba ante mí.

La cima era una explanada inmensa, parecía que habían cortado la montaña por la mitad, con un enorme cuchillo bien afilado. Los dibujos que formaba la roca en el suelo eran espectaculares, había trazas de jade verde que reflejaba la luz de la luna como si fuese una guía para los viajeros para que no perdiesen el camino, tropezaran o cayesen por el borde.

Con el viento se filtró un extraño sonido y me detuve en seco, un susurro lejano, me pareció oír la voz de Zoe y agucé mi oído para intentar captar alguna palabra que me guiase hacia ella.

Esperé en vano una nueva nota de voz, casi me convencí de que era una alucinación, tan solo matices del viento, pero estaba seguro de que era Ella, me envió una bengala en forma de palabras para indicarme el camino.

A un par de kilómetros las montañas se volvieron a alzar y hallé unas escaleras de piedra, claramente talladas para facilitar la ascensión. Miré alrededor suponiendo que tal vez habría otras escaleras por las que llegar a la explanada y que yo no vi mientras escalaba la montaña. No encontré nada. Emprendí la subida mientras recordaba la voz de Zoe, intentaba ajustarla al susurro que había oido hace un momento y contrastarla para salir de dudas y tratar de descifrar el mensaje. Recordé su risa, era sonora y elegante. Nunca había reparado en ello, pero además, era contagiosa como ninguna, sus carcajadas me hacían sentir bien, su felicidad impregnaba todo mi ser, aunque fuese un mal día para mí. Su sonrisa era aún más encantadora, ¡eso sí era calidez trasmitida desde el alma!, ideal y controlada, como si la ensayara cada noche frente al espejo. Blanca y luminosa, su sonrisa estaba enmarcada por unos labios no demasiado finos, pero de forma singular, en el centro de su labio superior se formaba una M abierta, perfecta y perfilada.

Aceleré el paso para salir de mi ensimismamiento, contemplé los cristales que sobresalían de la pared. Cuarzo blanco, rosa y verde, amatista, jade blanco y sobre todo, jade verde, topacios azules, rojos y dorados… No entendía cómo podía haber tanta variedad de cristales en una misma montaña. Pero es que a veces se me olvidaba que estaba dentro de un mundo interior, donde los sinsentidos cobraban coherencia por sí solos. Para Zoe, los cristales de propiedades mágicas y curativas, así como todo lo esotérico era muy importante, por lo tanto, todo ello se veía reflejado en su universo interior, dando señas de su basta y complicada riqueza espiritual.

El camino comenzó a abovedarse sobre sí mismo y me protegía algo mejor del viento. Por el rabillo del ojo pude ver que ya estaba demasiado alto para ver los Bosques de la Apariencia.

Me apoyé sin querer en uno de los cristales, en realidad no sabía que era mala idea tocar un trozo de cuarzo rosa que sobresalía de la pared rocosa, pero sí, el suelo empezó a temblar y en un segundo, el temblor se expandió por toda la montaña. El trozo de cuarzo se hundió en la pared. Oí un ruido que me encogió el corazón, miré hacia atrás y vi cómo la piedra se partía en enormes pedazos que caían al vacío. Salí corriendo mientras las escaleras se hacían añicos a mi paso, no sabía cuánto duraría el derrumbe, pero tenía dos posibilidades: ¡llegar a la cima o caer!

Corrí pegándome al muro de la derecha para evitar todo lo posible el acantilado. Solo había una opción, correr hacia delante. Daba gracias de que el camino se enderezaba lo suficiente como para poder ver unos cuantos metros por delante. La montaña se desmoronaba por varios sitios y contemplé cómo el camino se resquebrajaba también por delante de mí, obligándome a dar saltos como si fuese una rana que brincaba de nenúfar en nenúfar. El corazón me latía con fuerza, con la adrenalina que segregaba y la velocidad que alcancé, podría haber corrido por la superficie de un lago.

El pasillo se estrechaba y las estalagmitas surgían por todo el terreno. Sujetaba mi bandolera como podía para que no me estorbase en mis zancadas ni se quedase enganchada a ningún saliente, el viento me quitó la capucha y notaba ondear mi cabello, mi corazón bombeaba a toda potencia, empezaba a notar la fatiga en mis piernas y la falta de oxígeno hacía que me doliesen las encías. Odiaba esa sensación en las encías, me recordaba a cuando era niño y corría para no llegar tarde al colegio las mañanas de invierno. Una nueva sacudida me cortó el paso, abriendo la tierra algunos metros delante de mí. No pude evitar asociar el crujido de la piedra al abrirse con el sonido que harían mis huesos al impactar contra el suelo si caía por el precipicio recién creado. Descolgué la bandolera de mi cuerpo y enrollé un poco de cinta en mi antebrazo, la tierra se abría aún más rápido bajo mis talones, a unos escasos metros del hueco aceleré con todas mis fuerzas, o eso intenté, y salté estirando mi cuerpo al máximo, notando como mis huesos se separaban entre ellos para ganar longitud, sentí la piel de mis dedos tirantes, como si las falanges fueran a salirse de ellos. Lancé la bandolera sin soltar el extremo de la cinta, que enrollé a mi antebrazo, y conseguí encajarla en una de las estalagmitas…

Ni siquiera quise pensar a cuanta distancia del suelo estaba colgando, suspendido de mi bandolera, cuya cinta enredada apretaba mi muñeca izquierda, soportando mi peso. La distancia hasta el suelo ya no se contaba en metros, sino en kilómetros. Con sumo cuidado alcé mi brazo derecho para alcanzar un saliente sólido del que agarrarme y otro en el que apoyar el pie derecho, con la respiración entrecortada escalé despacio por el trozo de piedra que aún seguía unido a la montaña. Deslié la cinta de la bandolera, que ya me estaba cortando la circulación y me la volví a colgar, cruzándola por el pecho, desde el hombro derecho a la cintura izquierda. Di las gracias a todo dios, ente o energía superior que se me ocurrió por haber escapado de una caída tan terrible. Recuperé un poco el aliento y reanudé mi camino.

Las nubes empezaron a formarse, primero fue una tenue niebla, hasta llegar a la espesura algodonada que me impedía ver lo que se levantaba a dos pasos de mí, no tuve más remedio que andar muy despacio, tanteando el terreno; el vapor se introducía en mis pulmones causándome cierta sensación de ahogamiento que me agobiaba bastante. La oscuridad de la noche se volvió más tenebrosa entre la bruma sin luna ni estrellas. No saber hacia dónde me dirigía era crispante, el agobio que sentía me aceleraba y tensaba mis músculos, sintiéndome cansado, a pesar de la lentitud de mis pasos. Saqué una pequeña linterna de mi equipaje y la encendí con la pobre esperanza de que me ayudase a ver algo más allá, los rayos de luz que emitía se multiplicaban y reflejaban en las micro gotas que formaban las nubes, creando un halo de luz cegador, que no servía para nada. La guardé. Continué tanteando el terreno y grité al aire: –¡Eco!

No sirvió para nada, el paisaje no devolvió el eco de mi voz, pero siempre quise hacerlo y me pareció divertido intentarlo. Me tapé la boca y la nariz con mi bufanda color ocre, para disminuir un poco la sensación de agobio, además de evitar coger un constipado a causa del vapor frío.

Por fin la espesa niebla se fue disipando lo suficiente para no sentir que tenía la cabeza dentro de una pecera. El camino se cortó, pero había unas columnas de piedra que parecían llegar hasta la cima. Me agarré a una de ellas abrazándola como si fuese un coala, trepé con cautela, mientas pensaba que tal vez así cortaría camino. Las columnas estaban muy cerca entre ellas y podía pasarme de unas a otras cuando alguna se terminaba, para subir por las que surgían más arriba, hasta que ya no pude avanzar más. No importaba porque el sendero volvió a aparecer y además estaba contento de haber cortado un buen trozo. Ya estaba por encima de las nubes y la niebla apenas molestaba, podía ver todo con nitidez bajo la luz de la luna.

Por fin había llegado a la cima de la montaña.

A lo lejos vi unas estacas clavadas en la tierra y conforme me acercaba me percaté que eran las vigas de anclaje que sujetaban las cuerdas de un puente colgante.

–¡Joder!

Me estremecí al llegar a la orilla del puente al darme cuenta de la distancia que tendría que recorrer por ese maldito puente.


Esto es todo por el momento. Espero que os animéis a comentar, me gustaría saber vuestras opiniones.

Contadme también si os gusta escribir o estáis escribiendo algo, o tal vez si ya habéis escrito novelas propias.

¡Hasta pronto ilustradores!

El ilustrador de sueños.

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