Donovan y La Torre Hueca. Novela. Capítulo 3

Hola ilustradores. Esta semana os traigo el tercer capítulo de la novela Donovan y La Torre Hueca. ¡Conoce a Astasebo!

Un personaje muy especial que ya conocisteis en el capítulo dos, Astasebo, dará algunos dolores de cabeza a nuestro protagonista, aunque no hay mal que por bien no venga.

Recordad que podéis leer el primer capítulo aquí.

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3

Astasebo.

 

 Aquél sitio era una geoda de amatista gigante, su belleza era espectacular, pero el dolor que sentía tras el golpe le quitó grandeza al lugar. El toro salvaje dejó de intentar atravesar la pared después de un buen rato. Aquella espera sería larga, así que saqué mi libreta y me puse a escribir, con la esperanza de que se marchase aburrido de esperar.

Apunté algunas ideas que se me ocurrieron para una historia de fantasía en la que estaba trabajando. Me gusta escribir, sobre todo historias fantásticas y aventuras sobrenaturales. El relato que tenía entre manos trataba de un ángel de la guarda que pierde la custodia de su protegido humano. Dibujé algunos personajes para hacerme una idea visual de lo que quería y le añadí algunas descripciones de la personalidad de cada uno, también apunté los colores de sus ropas y de su cabello.

Hacía un buen rato que no escuchaba a la bestia, así que me asomé con cuidado por debajo del agujero. Estaba tumbado a unos metros. Pude examinarlo detenidamente, era un animal realmente hermoso, tenía una graciosa cresta dorada en la cabeza que se alargaba un poco hasta el lomo, también dorado, sus ojos oscuros y brillantes tenían una mirada distraída, como si estuviera pensando en sus asuntos. Era enorme y fuerte, pero también tenía su buena parte de grasa corporal, no es que fuese un toro gordo, pero su tamaño no se debía solo a sus músculos.

Como me sentía inspirado después de la sesión de escritura y creación de personajes, decidí ponerle un nombre. <<El alvino alado>> pensé. No, tiene que ser una sola palabra, <<“Taurogaso”>> uniendo el nombre de Tauro y Pegaso, no funcionaba. Me fijé en su enorme cornamenta, era lo que más asustaba y en la gracia que me hizo esa panza que tenía a pesar de su fibrosa musculatura, <<”Astasebo”>>. ¡Sí!, Astasebo me gusta.

Giró la cabeza como si hubiese sentido que le observaba y me miró. En principio se quedó quieto, pero luego se levantó con suavidad y se acercó hasta el agujero para intentar meter la cabeza por él, sin violencia, pero de manera insistente. Estuvo un buen rato raspando con la cornamenta la roca e intentando meter la cabeza. Desde luego, era testarudo como él solo. Sus ojos no denotaban maldad alguna, pero sí cierta insolencia juvenil. Me levanté para coger mi bandolera y darle un trocito de chocolatina. Cuando acerqué la mano con mucho cuidado, dio un salto hacia atrás, volvió a hacer el gesto de escarbar en la roca con la pezuña, y retrocedió un poco más. Le tiré el trozo de chocolatina escurriéndola por el suelo. Me aseguré de lanzarla con fuerza para comprobar si la seguía, así fue, corrió tras el chocolate y tras olisquearlo, lo engulló.

Tuve una idea, y partí la chocolatina en varios trozos, recogí mis cosas y repté por el agujero por el que entré, pero sin terminar de salir. Le lancé un par de pedazos lo más lejos que pude, y mientras Astasebo corría por ellos, salí corriendo detrás de él y lancé un trozo aún más lejos, asegurándome de que lo veía caer, cuando llegué a la entrada del pasillo, lancé el último mini manjar dulce con todas mis fuerzas contra una pared distante para que el ruido llamase tu atención y fuese a buscarlo. Funcionó y corrí con todas mis fuerzas en sentido contrario.

Fui caminando por zonas donde la luz del Sol estaba más presente, con la esperanza de encontrar una salida… y la hallé. Un enorme arco formado en montaña daba salida al exterior de la montaña, pero no conducía a ningún sendero de bajada, era un precipicio. Solo había cielo y nubes, no vi más montañas alrededor, las nubes que había más abajo estaban más diluidas y entre los huecos podía divisar el mar. Evidentemente, desde esa altura, saltar no era una opción, me partiría los huesos al dar contra el agua, además… no sabía nadar.

No me molesté en buscar otras salidas, era evidente que esa era la única, me senté a meditar un poco, necesitaba encontrar una alternativa.

Mientras me perdía en mis pensamientos vi en el suelo algunas huellas de pezuñas, eran de Astasebo. Miré en mi mochila e hice recuento de chocolatinas. Me quedaban cuatro. Desenvolví una y le di un bocado. Una locura surgió de la región de las locuras de mi cerebro.

Regresé al pasillo por el que se accedía a la geoda de amatista, y el enorme animal estaba dando pequeños cabezazos contra el muro y mugiendo. Me estaba llamando, pero yo ya me había marchado. Tenía miedo de su reacción al verme fuera de mi pequeña cárcel, y ya no había nada que me protegiese de su embestida, pero necesitaba acercarme a él. Contemplé la posibilidad de llamar su atención para volver a entrar en la geoda, pero era demasiado arriesgado. Tratarlo como si fuese un perro a la hora de acercarme a él, también era muy peligroso, no estaba ante ninguna mascota y a pesar de la inocencia que despedía su mirada, no sabía si al verse sorprendido como la primera vez, correría de nuevo para darme caza. Pero no vi otra alternativa.

Partí la chocolatina y me la puse en la mano, con cuidado de que no se derritiese, mientras me acercaba a él lentamente. –Astasebo. –Pronuncié con un tono de voz firme pero calmada, enseñándole el trozo de dulce que había sobre mi mano izquierda, con el brazo extendido. Se giró sorprendido y me miró, primero a los ojos y luego a la mano que sujetaba el apetitoso cuadradito de chocolate. Dejé de caminar al acercarme un poco más, entonces él comenzó a venir hacia mí.

Se paró a un metro escaso mientras turnaba su mirada entre el dulce y mi rostro. Era enorme, más de lo que me imaginaba, tenerlo justo en frente era abrumador. Estiré el brazo un poco para que le llegase mejor el olor, lamió el chocolate, estaba claro que ya lo llevaba oliendo unos metros, me pringó los dedos de baba y suavemente se metió la comida en la boca terminando de babearme la mano. Me limpié la mano en mi pantalón vaquero negro y cogí otro trozo de chocolatina, volví a acercársela, pero esta vez, con la mano derecha pude tocarle las mejillas y la parte superior de la cabeza.

Para la siguiente pastilla de chocolatina me alejé un poco de él, comprobando que me seguía. << ¡Estupendo! >> Hice que me siguiera hasta el arco del precipicio. Cuando quedaban un par de metros para llegar a la salida, le di el trozo y coloqué otro en el suelo, a unos centímetros de él. Cuando se agachó a recogerlo con el morro, le acaricié la cresta que recorría el cuello y también le acaricié parte del lomo dorado. Con las dos manos me impulsé al tiempo que saltaba para montarme encima de él. Me agarré fuerte por temor a que se convirtiese en un toro de rodeo, pero no reaccionó mal. Agarrándome a uno de sus cuernos, le enseñé una chocolatina entera por encima de la cabeza. A esas alturas ya no sabía muy bien que estaba haciendo, pero me dejé llevar. Astasebo empezó a caminar siguiendo la chocolatina, no me lo podía creer, estaba funcionando. Sin previo aviso cogió algo de impulso y se lanzó al vacío, extendiendo las alas. ¡Estábamos volando!

Agarré la chocolatina con la boca y cogí fuertemente el otro cuerno a modo de manillar, como si condujese una enorme motocicleta voladora. Estaba aterrado, pero mentiría si dijese que no estaba disfrutando de aquello como el niño que se monta por primera vez en un tiovivo.

Era impresionante, notaba como de vez en cuando movía las patas, como si corriese por las nubes. Las atravesó descendiendo mostrándome el enorme océano que había bajo nosotros. El viento me quitó la capucha, como de costumbre y hacía que mi bufanda ondease con fuerza, parecía que alguien jugaba con mi pelo tirando de él hacia atrás. Disfrutaba de la enorme velocidad a la que volaba Astasebo. Dejó de aletear y extendiendo sus alas horizontalmente se dejó llevar por las corrientes, planeando sin ningún esfuerzo. Pude relajarme un poco y me agarré de su corto pero ancho cuello. Eché la vista atrás y vi de lejos las montañas que componían el Abismo del Olvido. Me alegré de alejarme de allí.

De repente, Astasebo comenzó a descender a toda velocidad, me sujeté lo más fuerte que pude a su cuello, habría preferido agarrar las astas, pero no me atreví a arriesgarme. Retomó un poco la horizontalidad y descendió más suavemente. Vi a lo lejos una pequeña isla y deduje que me llevaba allí.

El aterrizaje fue perfecto, con suavidad y sin golpes bruscos, pero el viento que producían sus alas, levantó mucho polvo y arena. Agarré la chocolatina con la mano y después de toser, noté que ya estábamos parados, dejé de sentir la arena cayendo sobre mí y abrí los ojos. Contemplé el paisaje mientras bajaba de mi montura.

No pude disfrutar mucho de las vistas antes de que Astasebo me golpeara con el morro en la frente. Me había sacado de aquellas montañas y quería su premio. Con una sonrisa, abrí la chocolatina y se la di entera. Le acaricié su enorme cabeza. Como ya me había dado cuenta, a pesar de su tamaño, era muy niño, aún era joven.

Aleteaba constantemente y noté la humedad del ambiente. Entendí que aterrizó aquí porque la humedad le encharcaría las alas impidiéndole volar. Tal vez por eso se oculta dentro de la montaña, para que la humedad de las nubes no le afecte. También pensé en el fuego que había en la cueva, se acercó para sentirse más seco, pero estaba claro que no lo encendió él. Alguien más había pasado por ahí.

Tenía que continuar mi viaje, le acaricié enérgicamente el cuello y la cabeza a modo de despedida. El sol estaba en lo más alto y el borde de las plumas de sus enormes alas resplandecía como un fuego dorado por la luz, su cornamenta brillaba como mármol recién pulido.

Empezó a hacer movimientos raros y repentinos, algo violentos. Me alejé unos pasos y comprobé que golpeaba la arena enérgicamente, los músculos de todo su cuerpo se balancearon y temblaron marcando aún más su corpulenta masa fibrosa, se oyó un crujido, como si partiese una nuez y paró. Al levantar la pezuña vi a un cangrejo aplastado, me preguntaba si le había pellizcado con las pinzas, aunque ya creo que no importaba demasiado. Desvié la atención del cangrejo y le di una última caricia. –Adiós amigo. –Le dije con una sonrisa cálida mientras me colocaba la capucha. Caminé hacia el interior de la isla y noté el viento arremolinado que creó Astasebo al levantar el vuelo, volví la cabeza para verlo una vez más y ya estaba surcando el cielo hacia a su hogar, en la montaña.

Caminé por la arena hacia unas rocas que había a unos metros de la playa, dando un paseo. Era agradable caminar sin prisas ni temor a que me espachurrase alguna roca o me despeñase por algún pozo oculto.

El sonido de las olas y el olor a sal me reconfortaban gratamente. Pertenezco al mar y al Sol, y cuando los noto cerca me siento mejor. Las heridas duelen menos, las espinas de la tristeza pinchan con más piedad y la soledad no es tan vacía.


¿Qué os ha parecido este nuevo personaje? ¿Cómo os imagináis el interior del alma de vuestros amigos y amigas?

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El ilustrador de sueños.

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