Donovan y La Torre Hueca. Novela. Capítulo 2

Hola ilustradores. Esta semana os traigo el segundo capítulo de la novela Donovan y La Torre Hueca.

Continúa el viaje de Donovan en busca del corazón de Zoe, su mejor amiga, recorriendo los parajes de su alma.

Podéis leer el primer capítulo aquí.

.

el abismo del olvido hogar de astasebo


2

Abismo del Olvido.

Las alturas nunca me gustaron demasiado, pero no tenía alternativa y lo sabía, si quería continuar tendría que pasar por el puente colgante. Las cuerdas que hacían de barandilla parecían estar hechas de cabellos finos y sedosos. No inspiraban demasiada confianza, pero el aroma del pelo de Zoe era embriagador y me envalentonaba lo suficiente para atreverme a cruzar. Las tablas atadas unas a otras a través de las cuerdas hacían de suelo y se mecían al compás del aire.

Tomando aire y soltándolo pausadamente, decidí adentrarme en el puente. La primera tabla crujió bajo mis pies, y la segunda, y la tercera; a pesar de los crujidos he de admitir que parecían rígidas y fuertes. El puente comenzó a balancearse un poco más, no mucho, pero a mí me parecía una atracción de feria. Un pellizco me atenazó el estómago cuando miré hacia abajo, noté cómo me faltó el aire por un momento y hecho el daño decidí mirar a mí alrededor. Por suerte supe mantener la sangre fría, algo que me resultaba extrañamente fácil.

Contemplé la majestuosidad de las montañas que me rodeaban, eran montañas blancas de aspecto suave, como pulidas por el viento a lo largo de los siglos. Me recordaba a las ilustraciones japonesas del Monje Sesshu Tōyō, en el siglo XV. Montañas bañadas en mares de niebla y nubes.

Pero, como la mitología, este cielo tenía su lado tenebroso, pues el miedo de caer por este abismo no era el de morir estrellado contra el suelo, no, lo que había bajo mis pies era el olvido. El abismo que se encargaría de borrar mi recuerdo de aquel mundo. Si caía en el Abismo del Olvido eso es lo que ocurriría, sería olvidado por el corazón que reinaba en aquellas tierras y creer que Ella me podía olvidar, me aterraba tanto que me hacía sentir vacío. Comencé a temblar al mismo tiempo que retomé mis pasos, porque algo me empujaba a seguir.

¿El valor?, ¿la curiosidad?, ¿el cariño?… No lo sé, tal vez todo a la vez.

Los dos extremos de mi bufanda aletearon en una danza armoniosa con el viento, respiré hondo y sentí el aire frío y el vapor de la niebla entrar por mi pecho. Era un frio refrescante, limpio y purificador que me abría los pulmones y llenaba de vida.

Aun me faltaba un tercio de puente cuando uno de los crujidos de las tablas fue notablemente más violento, miré mi pie y debajo una grieta estaba a punto de partir la tabla. Un sudor frío se instaló en todo mi cuerpo estremecido. Dejé de pisar la tabla agrietada y adelanté el pie a la siguiente, presionando con cautela, pero con firmeza para asegurarme de que no se partiría también y con un pequeño impulso adelanté el otro pie para continuar mi camino, esta vez más atento de donde pisaba y concentrado en cruzar lo antes posible sin cometer errores.

Llegué a la última tabla y al poner el primer pie en tierra agarré una de las vigas de anclaje del puente, de madera gruesa, para impulsarme a suelo firme.

Miré atrás y noté un gran alivio en todo mi cuerpo, ahora sí que podía disfrutar del aire puro de mis pulmones.

Anduve por las montañas durante un rato mientras notaba como el aire se humedecía por las nubes que se estaban formando sobre mí, tapando la luz de la luna que me servía de guía. << ¿Cómo podía llover por encima de las nubes? >> pensé mientras me apresuraba a cruzar un puente de piedra natural que dividía la montaña, antes de que se mojase y fuera más peligroso cruzarlo. Esta vez no me costó tanto trabajo cruzar a pesar de que no había nada a lo que sujetarme. A veces una preocupación anula los temores desviándolos de tu mente, y realmente me preocupaba mucho que aquél puente se volviese resbaladizo con la lluvia.

Las primeras gotas golpeaban mis hombros, corrí a esconderme en un hueco de la montaña que vi a lo lejos. Entré gateando y descubrí que era la entrada de una cueva que se ensanchaba conforme me adentraba en ella, pronto pude volver a caminar erguido.

Busqué dentro de mi bandolera y cogí una pequeña linterna, que me serviría para guiarme un poco allí dentro, ya no me fiaba de la arquitectura de la naturaleza y temía que hubiese pozos o partes quebradizas por las que despeñarme.

En el interior la roca era más blanca aún de lo que se veía por fuera, parecían ser de hielo por el brillo que desprendía. Pequeños matices reflectantes azulados, dorados y rosados cubrían las paredes blancas. El material del que estaban hechas aquellas montañas era de piedra lunar, su cristal favorito.

El recorrido estaba repleto de estancias y recovecos, comencé a percibir un pequeño haz de luz cálida, guardé mi linterna y me acerqué con precaución, al llegar al borde del muro que separaba dichas estancias, me asomé cuidadosamente, tan solo vi una hoguera, sin nadie alrededor, y a excepción del crepitar del fuego no se oía nada más. Entré sin hacer ruido y conforme me acercaba a la candela me fui relajando, no había nadie allí, pero por el aspecto ahogado de la hoguera, estaba claro de que yo no era el único visitante de aquellas montañas, alguien había pasado hacía unas horas por aquí. Me senté y avivé un poco el fuego con algo de leña que el visitante anterior dejó por allí. Me pregunté quién podría ser.

Abrí mi pequeño equipaje y miré dentro, por si encontraba algo útil o que me sirviese para entretenerme y relajarme un poco, tenía una libreta, lápices y bolígrafos para escribir en ella, además de un pequeño diario en el que contaba mis aventuras. Pequeñas velas aromáticas de color carmín, cerillas, un mini paraguas plegable, la pequeña linterna que utilicé para guiarme por la cueva, una petaca con agua, chocolatinas y alguna cosa más. Aunque llevase agua y algo de comer, dentro del alma no tenía las necesidades fisiológicas habituales, no necesitaba comer ni beber, aunque sí era necesario dormir para reponer fuerzas. A pesar de ello, siempre llevaba agua y algo dulce, porque la fuerza de la costumbre me provocaba cierta ansiedad, cierta adicción a las necesidades de la vida fuera del alma. Volví a cerrar la bandolera, estaba tan cansado que decidí simplemente dormir un poco. La pared que me sirvió de apoyo estaba caliente a causa del fuego y resultó, extrañamente, cómoda y confortable.

Desperté de una sacudida y noté que me faltó el aire del susto, el fuego aún estaba encendido y proyectaba largas sombras en los salientes de las rocas y en los objetos. Me puse en alerta por si volvía a sentir el temblor, salir corriendo. No tenía ganas de volver a pasar por un derrumbe de la montaña y si el techo se caía no escaparía de allí jamás. No sentí nada, me relajé un poco y volví a apoyarme contra la pared y volví a notar un movimiento, pero esta vez me di cuenta de que solo tembló la pared donde me apoyé, me di la vuelta sin levantarme del suelo y descubrí que la pared no estaba caliente por la hoguera, ¡sino porque me recosté sobre algo vivo!

Pude ver en penumbra la figura de un enorme toro blanco. El animal se puso en pie y un escalofrío me recorrió el cuerpo, las piernas se me pusieron tan flojas que de no haber estado sentado me habría caído al suelo. No era un toro común teñido de blanco, hablo de un animal de unos dos metros de altura y tres de longitud aproximadamente, unos enormes cuernos que se oscurecían en la punta y lo más sorprendente fueron sus alas, unas grandísimas alas que desplegó majestuosamente para desperezarse. Era una criatura tan bella como terrorífica, al moverse se podía distinguir su descomunal musculatura y aunque podría pesar una tonelada, se movía con agilidad. Me puse en pie muy despacio mientras me colgaba y acomodaba la bandolera. El ser mitológico se acercó a olfatearme con curiosidad girando a mi alrededor. Ya había amanecido y se filtraban rayos de luz por las rocas, y como el material tenía algo de trasparencia, la cueva ya no era un lugar negro y sombrío. El toro agachó la cabeza para mirarme a los ojos, tenía unos ojos oscuros y profundos y daban aún más miedo que su tamaño.

Saqué una chocolatina y le quité el envoltorio para ofrecérsela. La dejé en el suelo cerca suyo y comenzó a olisquearla con curiosidad, tras lamerla un par de veces se la metió en la boca y la masticó rítmicamente, se notaba que era la primera vez que comía algo así de pastoso, pues resultaba casi cómico contemplar cómo aquella bestia trataba de limpiarse el chocolate que se había quedado pegado a sus dientes.

Cometí el error de dar unos pasos atrás, por si era necesario huir, el animal retrocedió y comenzó a escarbar en la roca con la pezuña de una pata delantera. Había visto demasiados dibujos animados para saber qué significaba aquello. De repente el toro alado bufó y eché a correr en dirección contraria. Era evidente que correría más que yo, así que fui haciendo zigzag por la caverna laberíntica sorteando muros y pilares consiguiendo ralentizar su carrera. Oía como sus pezuñas resbalaban en el suelo de piedra lunar haciéndole perder el equilibrio y golpeándose contra todo obstáculo que hubiese en su camino. Empezaba a faltarme el aire y el sudor que segregaba mi miedo resbalaba por mi frente.

Al doblar una esquina me escondí tras el muro, al no oír el trote del toro. Mi respiración profunda y acelerada podía delatarme y me concentré para calmarme. Volví a oír sus pezuñas pisando fuerte y me sobresalté, casi me da algo al estallar la pared a unos metros de donde yo estaba apoyado, ¡el muy bruto atravesó la pared de un cabezazo!, antes de pensar lo que podría pasar si uno de esos cuernos me llegase a alcanzar, emprendí mi huida. Corrí hacia una zona un poco más oscura, pero aún visible para mis ojos. El maldito toro apareció a mis espaldas como un fantasma, jadeando, entré en un pasillo donde no había salida, pero en el que se apreciaba un hueco en la pared del fondo, lo suficientemente grande para pasar a gatas por él, evidentemente no tenía tiempo de gatear, y aprovechando lo resbaladiza que era la piedra de aquella montaña, me tiré al suelo con las piernas por delante, deslizándome por el suelo conseguí entrar por el pequeño hueco y cuando conseguí atravesarlo me puse en pie sin prestar atención a mi alrededor y seguí corriendo. “¡CROCK!” Me estampé contra la pared morada de enfrente, dándome de bruces y caí al suelo. Dolorido y medio aturdido paseé la mirada alrededor, entré en un callejón sin salida, otro golpe seco hizo retumbar la pared por la que entré patinando, por suerte, para el toro alado tampoco había entrada.


¿Qué os ha parecido? ¿Cómo os imagináis el interior del alma de vuestros amigos? ¿Y el vuestro?

Recordad que estamos en Facebook, Instagram y Youtube. ¡Un abrazo Ilustradores!

El ilustrador de sueños.

Esto es perfecto para compartir en...Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Deja un comentario

#FrenarLaCurva